En su larga experiencia periodística, Hugo Beccacece aprendió a desarrollar sus dotes de cronista que le han permitido narrar con suma destreza. Pienso que el éxito de este libro se debe a su calidad narrativa. Beccacece sabe relacionar lo anecdótico con lo esencial, porque tiene una opinión fundamentada sobre los principales personajes citados: Luchino Visconti, Marcel Proust, Piero Tosi, Horst, José Bianco y el matrimonio Bioy Casares. Entiende sus vidas como destinos. Sus digresiones sobre las películas de Visconti, a quien dedica el ensayo más extenso, no interrumpen el hilo sino que lo van enriqueciendo. Observa, guardando cierta distancia, la influencia positiva y negativa del suntuoso marco familiar y social en la filmografía del gran director italiano. Traza el itinerario que lleva desde sus películas de denuncia social -el período neorrealista que empieza con La terra tremma- hasta los grandes frescos históricos en los que retrata la decadencia de la aristocracia a la cual pertenecía.
No menos interesante es la entrevista a Piero Tosi, el vestuarista de El gatopardo y otras películas memorables. Tosi, hábilmente inducido por la atención que Beccacece le presta, cuenta anécdotas sorprendentes en las que el azar y la improvisación salvan un espectáculo de la catástrofe (la celebrada versión de La locandiera). Beccacece también señala un hecho común en las vidas de Visconti y de Horst, el célebre fotógrafo alemán de los años 30: tardaron en encontrar su camino aunque luego ambos dejaron una impronta personalísima. Marcaron una época. También lo hicieron, en menor medida, los mecenas que Beccacece menciona: Marie-Laure de Noailles y la princesa de Polignac, entre otros. Tampoco olvida el papel que cumplieron los snobs en la defensa de las vanguardias.
El libro de Beccacece constituye un homenaje lúcido y sensible a ese mundo refinado que abarcó los 60 primeros años del siglo XX. Trasunta una nostalgia disimulada apenas por la parodia que lleva el título del libro. Es la nostalgia de ciertas épocas y de ciertas personas que las generaciones actuales no han conocido personalmente, la nostalgia por la pérdida que otros sufrieron al tener que exiliarse sabiendo que su mundo desaparecería con ellos, ya se trate de la Viena de Francisco José, del Berlín de la República de Weimar o del París de los años locos.
Pérfidas uñas de mujer está dedicado a ese tipo de lectores, que, por otra parte, no son pocos y están dispersos en distintos lugares del mundo, como ocurre con los "kalender", aquellos personajes de Las pléyades de Gobineau que se reconocen sin haberse conocido porque saben que son los custodios secretos de la civilización. © LA GACETA
Eduardo Paz Leston